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¡Feliz día, maestros, feliz día!

Escribe: Leonor Gil Ibargüen

 

Maquillaje, irreverencia,
código de silencio, inocencia.

Tocada de teta, así es la injusticia.
Se pierde en la estridencias
y se embriaga con vacíos mentales.

Caras tiernas,
raticos felices,
infancia compleja.

La injusticia va empantanando la juventud
de las lúgubres avenidas.
Los padres integrales parecen faltar.
Se busca la culpa en el más fácil lugar:
la escuela.

Leyes, leyes,
como torres de concreto
pretenden dominar el caos.

Calzoncillos incógnitos
custodian las viejas letrinas de los rincones callados.
Voces desesperadas buscan desde el atril parar el caos

Si las tetas hablan;
los genitales, aplauden;
las drogas prohibidas, carcajean.

–¡El diablo de la botella encontró lo que quería!–

Los niños son su mercancía más barata.
¿Se necesita un cirquero?
¿Con qué detenemos la pericia del olvido?

Las calles, como los edificios,
tienen dueños poderosos…
Vuelven los creadores de los desaparecidos.
¡Mentiras!
No se habían ido;
estuvieron haciendo cuentas.

La lista de mancillamiento es igual al endeudamiento de la Colombia sombría.
Pobres maestros,
marcadores de tableros.
Sí: pizarras, tecnología, amor prohibido en las manos.

Toca que aprenda a transmitir afecto sin abrazos.
Ahora van por ellos y ellas
después de décadas como padres sustitutos.
Hoy son el principal enemigo.

Los niños de las guerras,
sin importar de dónde,
reposan en aquellos indeseables cajones de la pobreza.

Gritos sin límites
en aquellas viejas piezas,
el agobio enloquece.

No olvides, si protestas,
“¡el que llega es bienvenido,
y quien se va no es imprescindible”.
Así es la escuela posmoderna.

Entre muchos colegas hasta enemigos.
¿Mejor, inclina la cabeza?
El miedo amenaza,
las circulares llegan y llegan.
Se enfría la casa.

El gobierno insiste en sus amenazas.
Otra vez, los pechos de las niñas al desnudo,
y los chicos sin calzones ni medias.

Parece que ya no se juega a la rueda, rueda.
¡Pobres escuelas!

A los Maestros se les reemplaza como piezas viejas,
en memoria de los remadores de grandes barcos de esclavos:
Roma y Grecia. Entre látigos y bofetadas,

La carne caía, pegada a las correas.
¿Los pedagogos dejan la vida
por unos reales en la escuela?
¡No, la vocación también cuenta!

Y al error de unos cuantos,
al maestro se le ajusticia y se le olvida.
¡Que viva la escuela!

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