Luz1

Inocencia

Escribe: Luz Myriam Moreno Puerta

 

La carta decía: Querida niña, me da mucha tristeza darte esta noticia. No sabes que mal me siento, porque anoche, en mi recorrido de entrega de aguinaldos, en la ruta hacia – La Antigua – lugar donde te encontrabas, a pesar de ser mi nacimiento, la estrella no brilló, porque la neblina subió y subió hasta taparla; por lo tanto, con la oscuridad y lo excesivamente cargado, no me di cuenta cuando el tuyo se me desprendió de las alturas.

Te pido me perdones; traía para ti un hermoso corte de flores, para que tu mamá te hiciera un hermoso vestido.

Mi pequeña Luz, ruego a mi bondadosa madre, la Virgen María, para que puedas encontrarlo.

Se despide tu niño Dios, que tanto te quiere.

Y Lucesita, después de leer la carta lloró desconsoladamente; a tal punto que sus tías le prometieron, que todos los días la acompañarían a buscar el regalo hasta encontrarlo.

Fue así como se instaló una nueva dinámica familiar en la finca de los abuelos maternos.

Podría decirse que las vacaciones se partieron en dos. La primera, la espera del nacimiento del niño Dios y con él, el ansiado regalo de navidad.

 

Foto. Luz Myriam Moreno Puerta. Paisaje Antioqueño.

La segunda, por la profunda tristeza y continua búsqueda de tan significativa pérdida.

Lucesita, lo único que tenía del niño Dios era la carta, que todos los días leía y releía, con lágrimas que caían deteriorando el valioso papel y destiñendo la hermosa caligrafía del recién nacido.

Día a día, las largas e infructuosas caminatas a los potreros, a la quebrada, a los pomos -la búsqueda minuciosa debajo de las piedras-, iban haciendo mella en las cansadas y desmotivadas tías que parecían saber de antemano lo infructuoso de tal faena; sin embargo, la niña no se rendía.

–Si hoy no lo encontramos, de pronto mañana sí– pensaba la niña… Sacando la carta de una bolsa plástica que la protegía y, que a su vez, se había convertido en ‘reliquia’.

Por lo tanto le imploraba al Niño, el encuentro de su anhelado traído; toda vez que para Lucesita el niño Jesús estaba en esa carta.

La abuela, con su parca afectividad -y supongo, llena de tristeza por el dolor de su inocente nieta-, le preguntaba día a día al llegar de la infructuosa jornada:

–¿Cómo les fue?, ¿lo encontraron? 

La niña, con sus ojitos llenos de lágrimas respondía: –Nada mamita, nada.

Mientras la tía de turno decía: –”ya se perdió, no vale la pena buscar más”.

Y entre fracaso y cansancio, la niña optó por cuidar como su más valioso traído de navidad una ajada y desteñida carta, que recibía día a día sus lágrimas; y que a pesar de su deterioro exhibía con admiración, porque no podía entender cómo un recién nacido podía escribir tan bonito.

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